lunes, 20 de mayo de 2013

TE PERDONO

                                                 
            Estudiaba Químicas en Murcia porque era la asignatura que mejor se le daba en el Bachiller que estudió en el Instituto del Poblado, rodeado de eucaliptos, sauces llorones, buganvillas y plantas trepadoras.
            Para sacarse unas pelillas y poder costearse sus pequeños vicios, trabajaba los fines de semana en “ El cuervo”, bar típico de Murcia situada en la llamada, popularmente, zona de las tascas de la capital.
            El bar antiguo y con solera era amplio y espacioso, con suelo de terrazo en donde las cáscaras de cacahuete, que se servían con la caña, se colaban entre los intersticios de las baldosas y eran muy difíciles de limpiar cuando, a eso de las tres de la madrugada, cerrábamos el garito.
            El año anterior había estado un mes en Londres y allí había conocido a una alicantina muy guapa, morena, de ojos negros y profundos como una cueva, alta delgada y dos años menor que él,  que vivía a las afueras de Alicante, en una zona residencial de grandes y caros bungalows.
            Así que una vez a la semana cogía el cercanías en la estación del Carmen y se iba a visitar a su medio novia. El trayecto, de una hora y cuarto aproximadamente, se hacía ameno pues siempre llevaba en la mochila algún librito interesante, esta vez “ la insoportable levedad del ser” de Milan Kundera, que acaba de publicarse en las librerías de toda España y él lo había comprado en una, pequeña pero coqueta, y con todas las novedades editoriales, que estaba situada cerca de la Plaza Belluga, junto a unos soportales al lado de la Catedral.
            Esta vez el encuentro, en la estación de Alicante, no fue como habitualmente, cariñoso y sentido sino que fue frÍo y nada cordial; nada de piquitos y besos apasionados, un solo abrazo y como de compromiso. Algo le pasaba a su chica y él no sabía qué.
Se fueron andando, muy callados y cabizbajos, como autómatas, y dirigieron sus pasos, mecánicamente, como otras veces, hacia el Paseo de las Palmeras y el puerto. Por el camino nada de ir cogidos de las manos, sino uno al lado del otro y sin chistar ni pío.
Cuando por fin se sentaron junto al mar ella le confesó, como en un suspiro, toda compungida, pues aún había cariño: mira Chele, pues así se llamaba él, me he enamorado de otro; no sé cómo ha sido pero ha sucedido. Ha sido poco a poco, pues lo conozco ya tres años y vamos al instituto juntos, y como a ti sólo te veo una vez a la semana y a él todos los días, pues eso.¿ Me podrás perdonar algún día?
Él, afectado y un poco descolocado, le dijo muy serio, con tono grave y mirándola directamente a los ojos: Está bien, pero eso me pasa por enamorarme de una niñata rica y consentida que no sabe mantener una relación, aunque sea a distancia como la nuestra.
Y con las mismas cogió su mochila con el libro de Milan Kundera y se dirigió a la estación para coger de nuevo el cercanías que había tomado esa mañana, que nunca tenía que haber comenzado, y regresar,  sólo y apenado a Murcia, dándose entonces cuenta de “la insoportable levedad del ser”.

                                             
                      

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