lunes, 4 de febrero de 2013

SOL OS LLAMÓ MI LENGUA PECADORA


Ray desarrollaba su trabajo en Cambrils pero pertenecía a la diócesis de Barcelona. No era un cura al uso, es decir no era muy mayor, ni tenía el perímetro abdominal demasiado acusado, era donante de pelo, ya que lucía una buena cabellera rubia, que dejaba caer sobre sus anchos hombros, machacados de horas de gimnasio, cuyo tiempo robaba al sueño.
Pero tenía un problema que le hacía dudar de su vocación: sus pulsiones sexuales no sabía cómo controlarlas.
El tiempo que no estaba en la vicaría con sus feligreses, ni tampoco en el gimnasio lo dedicaba a leer a Quevedo. Se podía decir que era un auténtico fan de este escritor nuestro  madrileño del siglo XVI y principios del XVII.
Un buen día, harto ya de duchas frías nada más levantarse, decidió coger el Clio de la parroquia e irse a la capital a satisfacer sus más íntimas fantasías  sexuales. Por supuesto dejó en la vicaría su sotana y su alzacuellos y se vistió con unos vaqueros, que parecían recién comprados en la tienda y completó su atuendo con un suéter verde caqui que estaba bien doblado en la silla de su pequeño dormitorio.
No era la primera vez que visitaba Barcelona y sabía perfectamente y con exactitud donde quería ir: al Molino,  situado en el Paralelo y donde se representaban todos los días espectáculos un poco picantes sin llegar a ser de mal gusto. El Molino era un café teatro que se erigió imitando al cabaret Moulin Rouge de París.
Cuando estuvo bajo las aspas del molino se dispuso a comprar la entrada a una mujer mayor con una cola, a la altura del cuello, rubia botella, que estaba en la taquilla.
Se adentró por el pasillo estrecho que daba a la sala decorado con imágenes de  anteriores cabareteras que habían hecho historia en aquel café concierto barcelonés.
Cuando empezó el espectáculo había en la sala dos parejas jóvenes, un hombre entrado ya en años y una mujer a la que Ray no ponía edad. A esa hora vespertina no iban muchos espectadores pero en la sesión de las 10 p.m. había que darse de codazos para coger sitio pues la sala se llenaba.
Nada más salir a escena Ray se topó con dos bailarinas ligericas de ropa que bailaban una canción un poco trasnochada acompañada por un piano en directo.
Se estiró un poco en su butaca y en ese momento una de las bailarinas, con mechones de oro como melena, bajó del escenario y se dirigió directamente a él. Ella sólo pretendía calentarlo un poco pero nuestro cura ávido como estaba de sexo, había ido al Molino porque su conciencia no le permitía irse de putas, la cogió de la cintura y la sentó en su regazo. La bailarina acostumbrada y con más tablas que Pérez Reverte en situaciones complicadas se dejó hacer y permitió que Ray, de aquella manera, satisfaciera sus pulsaciones.
Así cuando salió del Molino, satisfecho, empezó a caminar por el Paralelo y, al principio como un ronroneo, empezó a tararear una estrofa del poema de Quevedo “ sol os llamó mi lengua pecadora” a la que inevitablemente le había añadido la música de piano del espectáculo que acababa de presenciar.


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