lunes, 4 de marzo de 2013

LA EDAD LIGERA

                Estábamos en Mayo, mes de las flores en Los Maristas; mes de la Virgen. Ya sabéis: “Con flores a María que Madre nuestra es….”
 Todos los alumnos de ese colegio, desde primero de EGB hasta COU, hacíamos cola, ese día de mayo, para entregar a los pies de la patrona del centro  nuestros más íntimos ruegos y deseos. Ruegos que podían ser desde Virgencita, Virgencita, que apruebe este año; hasta: Virgencita, Virgencita, que me salga novia este verano.
Sin yo saberlo, este iba a ser mi último mes de María en el colegio de Marcelino Champagnan. Un centro donde aprendí desde los números, y sus variadas aplicaciones, hasta, en ortografía, diferenciar cuando se escribía una palabra con “j” o con “g”, con “b” o con “v”.
En todos los cursos que pasé allí , quizás por ser el más aplicado, fui siempre el delegado de mi clase con cometidos muy variados: desde repartir el material escolar—lo racionaba, no sé aún por qué, como si estuviéramos en guerra-- hasta apuntar en una libreta, cuando el profe se marchaba para hacer fotocopias, quién hablaba y quién no. A mí , eso de chivarme se me daba muy mal, así que ya hubiera pasado un terremoto o un huracán por la clase, cuando el profe me pedía la libreta siempre se la daba impoluta y sin rastro de nombre alguno.   
Las peleas en el patio eran cuestión de todos los días y a mí, como delegado, me tocaba siempre poner paz entre mis compañeros. Había veces que lo conseguía y veces que no. Cuando no lo conseguía siempre había una nariz rota, un ojo morado o una mano dislocada. 
Los sábados eran especiales, pues siempre me levantaba aún más temprano que de costumbre, me vestía con la camiseta azul de deporte con el nombre de mi cole, me enfundaba el pantalón blanco corto y me calzaba las zapatillas chulas de futbol, con sus tacos y todo. Tomaba cualquier cosa para desayunar y le pedía a mi madre los veinte duros del fin de semana que yo me administraba, y que me tenían que dar para el suculento bocata de tortilla con mahonesa de después del partido y para la peli y la coca-cola, de la tarde del sábado, en el club náutico de Cartagena.
Los domingos, como era de rigor, siempre íbamos a la misa de la Caridad de las diez, para luego poder disfrutar de toda la mañana dominical que en esa época del año  siempre hacía bueno.
Quedábamos mis padres, mi hermano y yo junto con mis abuelos para ir a la feria que siempre, todos los años, se instalaba en el paseo del muelle. De destacar la cantidad de críos que, como nuestros familiares, nos montábamos en los “caballitos”; hasta teníamos que esperar turno para montarnos en los coches de choque, pues siempre, el que queríamos, estaba ocupado. A mí, además de los coches de choque, me gustaba una atracción que consistía en una nave espacial que yo, ¡sí yo!, manejaba con una palanca y hacía que subiera o bajara a mi antojo. Era increíble y maravilloso conducir uno mismo esa nave como si yo fuera batman con su batmóvil. A la vuelta siempre nos parábamos en el acuario que tenía el Mare Nostrum para observar las cigalas que, pobreticas, acabarían en el estómago de algún cliente con posibles ese día aciago para ellas.
Y así, más o menos, transcurrió parte de mi infancia en aquellos años de la edad ligera.

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