lunes, 16 de diciembre de 2013

EL ARGENTINO I y II

Aquí va un ejercicio lingüístico. El primer relato escrito en primera persona. Y el segundo en tercera. Observar el cambio de perspectiva de uno al otro.

EL ARGENTINO I

Entré a la consulta junto al terapeuta y mi mujer.
Mi relación había fracasado como la invasión alemana de Rusia en la II Guerra Mundial. No todo andaba perdido y por eso  decidí ponerme en manos de un experto para salvar mi matrimonio que, debido a nuestra falta de comunicación, hacía aguas.
Pensaba que a mi relación había que darle una oportunidad y por eso decidí poner, el éxito o el fracaso de la terapia, en manos de un argentino.
Nada nuevo que no supiera ya. El argentino tiraba de tópicos: “filosofía barata del buen rollito”. Coelho, Bucay, una cita para cada problema. Para esta ocasión abrió su bienvenida a la consulta con un particular recetario de frases; en éste caso: “No existe amor en paz. Siempre viene acompañado de agonías, éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas” que se supone que iba al pelo para mi problema conyugal.
La terapia fue al estilo de : “Tenéis que realizar más actividades comunes pero a la vez tener vuestro espacio, vuestro momento propio; “ Ser asertivos y contaros todo lo que os pasa por la cabeza, compartir ideas, pensamientos y sentimientos”; “ Expresar vuestras apetencias: acariciaos, besaros, tomar conciencia de vuestro cuerpo y de el del otro”  
La terapia duró seis largos meses a razón de tres horas semanales. Un gastazo emocional y económico para mi mujer y para mí. En ese tiempo la relación con mi pareja se fue yendo al garete, conforme avanzaban las sesiones con el jodido argentino.
La terapia no dio resultado, nuestra relación fue de mal en peor, pero a los dos se nos quedó una frase para el recuerdo: “ porque tus amores perros me van a matar sin haberme dado si quiera un poco de felicidad”.

EL ARGENTINO II

Entraron a la consulta una tarde de otoño. Ellos, un matrimonio con problemas de edad media y el terapeuta, un argentino afincado en Murcia desde hacía varias décadas. Un coach con experiencia en la resolución de problemas conyugales, o eso se suponía.
La pareja, que tenía ganas de contarle a alguien, que no fueran sus parientes o amigos, pues los consejos de éstos les eran más sabidos que las sumas y restas de los cuadernos Rubio, fue desgranando poco a poco y uno a uno todo lo que creían que  eran sus problemas.
El terapeuta, sentado en una silla enfrente de ellos, los escuchaba como un cura en confesión, mirando de vez en cuando el reloj de soslayo. Tras interiorizar lo que la pareja les decía y, lo que se guardaban les dio un consejo a lo Bucay:” No existe amor en paz. Siempre viene acompañado de agonías, éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas”
La relación se fue deteriorando consejo a consejo, sesión a sesión. No había salvación, ni brotes verdes, ni luz al final del túnel. Vamos que de esta crisis no iban a salir de rositas, con un trofeo en la mano. Al revés lo veían todo oscuro, tétrico, sin esperanza ninguna.
Hartos ya de tanto consejo vano y tanta cita inútil los dos decidieron dejar la consulta. Pero claro el argentino también tenía una frase para este caso: “Es mejor terminar esta relación, antes de que la relación acabe con nosotros”.



     

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