lunes, 17 de diciembre de 2012

EL PINTOR Y SU MUSA

                               
Desde estas páginas me permito el lujo de invitaros a una exposición colectiva de ocho amigos pintores que quieren entrar en el mundillo del arte en Cartagena a través de sus obras.
La exposición,que es muy heterogénea;se puede ver hasta el 14 de enero en la sala de arriba de la casa de la juventud; en el paseo Alfonso XIII. El horario es de lunes a viernes por las mañanas de 10 a 14 y por las tardes de 17 a 20, menos los martes y los jueves que sólo estará abierta por las mañanas.
Desde aquí os invito a que veáis los cuadros de la denominada "trampa tranquila", formada por: Mai Ansa, Isidoro Conesa, Flip, Eloísa García, Mª José Martinez, Alberto Mateo, Mota y Melqiades Ramos.
Yo también participo  en esta exposición con este relato que aquí os presento.
Vaya a ver la exposición para Hipnotizar tus sentidos, disfrutar del relax visual.
                                                          EL PINTOR Y SU MUSA
            El era un tipo bohemio formado artísticamente en algún país del este de Europa, aunque se especializó, tras una estancia en París, en el Impresionismo. Le gustaba mucho ir al museo d´Orsay a extasiarse con obras de Van Gogh, Cézane, Bazille… pero la que más le gustaba era una obra de Caillebote titulada “ Los acepilladores” en la que primaba una técnica muy fotográfica de obreros durante su trabajo. Podía tirarse horas y horas en aquel museo, rodeado de cuadros de Monet, Manet, Degas o Renoir y olvidarse hasta de comer.
            En París se movía, como pez en el agua, en el metro. Le gustaba especialmente ir a tomarse un café en el caro pero sofisticado “ café de la Paix” . A veces, y permitiéndose un lujo, comía allí. Él, siempre recomendaba a sus amigos que probasen los retoños de espinacas con mantequilla, ya que los hacían exquisitamente buenos en aquel bar-restaurant de la rue Concorde.
            Se inspiraba, sobre todo, en aquel  bar del centro de París, y disfrutaba sobre manera con ver a la camarera moviéndose por detrás de la barra, como si hiciera ejercicios de aerobic. Era espectacular su danza de un lado a otro de la barra ya fuera con un café o con algún plato más elaborado en la mano.
            No sabía su nombre, pues él apenas chapurreaba el francés, pero se podía imaginar cual podía ser: Adrianne o Bernadette o quizás Marie-Ange. Su desconocimiento le  llevaba a ser, quizás, más imaginativo pues él pensaba que si se lo preguntaba se acabaría esa magia que tenía con ella.
            Sufría de mono de camarera, pues cuando llovía o nevaba, Gustave no pisaba  la calle. Y día que no la veía, día que no pintaba. Ella se había convertido en una obsesión sin que Gustave supiera el  por qué ni el cuándo.
            Tras una temporada sin ir al café de la Paix, y por eso no pintando,debido al aciago tiempo parisino, Gustave se fue paseando, por Les Champs Elysées, a ver a su fuente de inspiración. Cuando llegó y se aposentó en su mesa favorita, al lado de un gran ventanal que le permitía satisfacer su vena vouyerística, se dio cuenta de que Adrianne o Bernadette o Marie-Ange no estaba en su lugar de trabajo. En su lugar había un tipo más alto que la torre Eiffel y más ancho que la desembocadura del Sena.
            Y de esta forma descubrió que ya, su musa, no podía ser la camarera nunca más, sino el recuerdo que le quedaba de ella, su perfume, su pelo, sus labios, sus caderas….
           
                                                                        

No hay comentarios:

Publicar un comentario